El chico árbol

 

Largo como un día sin pan, delgado, de movimientos nerviosos y espíritu tranquilo. Cabeza gacha, quizá por el peso de su pelo ensortijado y voluminoso que hace que su silueta recuerde a un árbol dibujado por un niño. Los brazos fibrosos al aire, como si no estuvieran hechos para llevar abrigo y una vena adornándolos de azul intenso, una enredadera que ha echado raíces en sus hombros y que da vida a sus dedos.

Avanza por la calle con la mente en otra parte y la mirada perdida. Una mirada de ojos claros, verdes, o tal vez azules, algo cerrados por el sol… o por la costumbre, no lo sé. Cuando te habla parece que mire detrás de ti. No es que sea una mirada penetrante, de esas que te dejan temblando y te hacen balbucear, es más bien una mirada difusa, quizá por lo claro de sus ojos que los vuelve un tanto transparentes, como mortecinos. La impresión final es que no sabes si te escucha o está pensando en sus cosas. Es como percibir la diferencia entre mirar dentro de un frasco de cristal o a través de él.

La boca ancha aunque a menudo la achica para mostrar interés. Habitualmente este gesto va seguido de un amplio movimiento de manos, como dos grandes ramas movidas por el viento. Relaja la expresión. Abre ojos y boca y mueve todos los músculos de la cara de forma casi espasmódica. Y es ahí, en ese preciso instante, cuando mejor se percibe la separación interdental de sus incisivos centrales.

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