Retrato sonoro

De buena mañana, aún no ha empezado siquiera el sol a calentar, se levanta, o mejor dicho, le levantan. Entre quejidos y protestas saca un paquete de ducados negro, busca el mechero y se encuentra con una mirada reprendedora. Agacha la cabeza, al igual que Toni, y salen los dos a la terraza. Por el pasillo, caminan a la par, uno desnudo y el otro con calzón holgado y camiseta blanca. Uno menea el trasero, el otro se lo rasca. Son pequeños, mayores, con mirada resabiada y nariz prominente, negra uno y el otro morada.

El cigarro se consumirá mientras poco a poco va despertándose. Toni aguarda a su lado. Ya está, una última calada y… ya. Espachurra el filtro contra un cenicero metálico, rugoso por el uso y la falta de limpieza, recuerdo de una boda de alguien que ya ni se acuerda. Se yergue, coge impulso y como si un coche viejo se hubiera apoderado de sus entrañas, saca a la fiera que lleva dentro.

Del esputo mañanero pasamos a los cánticos de la tierra. La voz, perfectamente colocada, a la altura exacta de la nariz. Aguda y nasal, como la de un dibujo animado… como un chiste mal contado. Canta un par de estrofas y baila con Toni en los 2 metros cuadrados de terraza. De acompañamiento a la balada les sirven un llanto de bebé, unas canicas poseídas por Sísifo, que cada vez que las alzan del suelo vuelven a caer y el arrullo de la bronca de su señora que muy dulcemente le dice que se deje de tonterías y baje al perro de una puta vez.

Naiara  H.

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