Trasformaciones

Ayer, en la mesa de un bar, entre birras y tés se dio el caso que dimos en llamar: la mutación del texto base. Ante el pánico de enfrentarnos a un texto consolidado sin guía, ni mentor ni director, estábamos ya rendidos, dispuestos a seguir a pies juntillas las instrucciones del libreto y dejar que el realismo y esas palabras escritas hace 30 o 60 años, ejercieran su papel del dictador totalitario en escena. Pero no, fuimos fuertes y no cedimos. Aconsejados (y muy bien aconsejados) por antiguos mentores, paramos en seco, dimos un trago a nuestros vasos y comenzamos a desbarrar.

Capítulo uno. De lo que nos asusta.

¡Que es muy larga!
Que no se entienda.
¡Memorizar todo ese texto!
¡Que se vea cutre!
¡Que sea aburrida!…

Muy bien, paso por paso, de todas las historias que se cuentan cual es la que nos interesa y qué queremos que vea y piense el público. -Meditamos al abrigo de una canción de Fito.- ¿Lo tenemos? Pues el resto de tramas fuera que si hacen falta, tiempo habrá de meterlas. ¡Bien! Ya tenemos una línea que seguir, algo simple, sencillo, brindemos por ello.

Capítulo dos. De las necesidades y la ausencia de lereles.

Sí, pero cómo vamos a ponerlo en escena? – Espetó el enanito gruñón, siempre dispuesto a romper la diversión- aquí en la primera página dice «La habitación es la antecámara de un dormitorio perteneciente a una casa de estilo victoriano de fines de siglo, con profusos decorados y un cierto aire siniestro. La puerta es grande, maciza. La cama, de una plaza, se halla detrás de una arcada. La ventana de la pared del fondo está cubierta por una fina cortina, al igual que la otra ventana. Hay dos puertas, de un armario y del baño. Más tarde se advertirá que la habitación es femenina y atractiva dentro de su estilo recargado. La decoración corresponde a la década de 1930, aunque casi todos los muebles pertenecen a una generación anterior. Un sofá, una mesa redonda de juego, un escritorio frente a la ventana, un gramófono junto al escritorio, un caballete de pintor, una cómoda, sillas librerías, etcétera, todos enfundados»

Bueeeeno, no nos estresemos, a ver, ¿de qué va la obra? De un engaño, ¿no? Y ¿por qué vamos a creer ese engaño? ¿No es más bonito crear juntos esa mentira? No sólo los actores o los creadores, sino también los personajes. Ellos también tienen derecho a divertirse, a ser crédulos y a pensar que algo bueno viene. Podemos jugar, como los txikis… Mamá, Papá mírame soy Dartañán! Y este cubo es una mesa o este hueco la puerta y ten cuidado no vayas a tirar el puzle, que me ha costado mucho montarlo! ¿Por qué no invitamos al público a jugar con nosotros? Que jueguen a seguir el juego y que todo se construya a plena vista, sin artificios, simplemente con imaginación, cariño y ganas de colaborar, de formar parte del sueño.

Entonces, si un cubo es una mesa, un hueco es una puerta, los abalorios son aire, el puzle es invisible y el tocadiscos es la voz rota del anciano, ya tenemos la escena montada!

Capítulo tres y final del encuentro: De cómo lo absurdo se vuelve lógica

Ya todos estamos contentos, satisfechos, besos, abrazos, felicitaciones, ¡Qué bueno que viniste!

Sí, sí, sí, sí, pero, y cómo 3 cubos van a ser tantas cosas? O es que vamos a tener que buscar a otra persona para que los mueva todo el rato?

Un silencio inunda la mesa, miradas confusas, inicios de frases a medio decir, … ¡Cómo molaría que se movieran solos, verdad? Estaría guay… Pero no se puede….

¡Ya sé! Bueno, lo que estamos contando, todo lo que hacen los personajes es para agradar a la anciana, no? Pues que lo hagan del todo. Que estén todos, siempre, al servicio de sus visiones, de su imaginación, que construyan su mundo. Como en los ejercicios que hacíamos en clase en los que uno hacía cosas y otros dos o tres estaban a su servicio para ser su silla o su grifo o su espejo.

Y en esta realidad resultante, llena de lógica y de juego, el realismo se convierte en movimiento, la tensión e incertidumbre, en cariño y en complicidad y sobre todo, en sueños e ilusión con la que crear algo único que tal vez no sea lo que concibió el autor, pero que será descendiente suyo, como un biznieto, que ni siquiera le conoció pero que conserva sus mismos ojos.

Naiara H.

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